Soy de esos motociclistas que
disfrutamos del rodar, no le pongo pero a los viajes largos, y para mí un viaje
largo dura más de 6 horas, tanto tiempo sentada sobre mi máquina me encariña
más a ella, sueño con que me pueda llevar donde yo quiera.
Fuimos a la sierra nevada del
Cocuy, 400 Km de viaje por trayecto en dos días ida, uno vuelta, mi novio, su
moto, la mía y yo, con la esperanza de llegar hasta la nieve.
Salimos un jueves tipo 5 a.m. bastante
bien preparados para una aventura de 3 o 4 días, carpa, comida, algo de ropa,
cobijas, y todo lo necesario y hasta lo innecesario para irnos a un lugar que
no conocíamos a acampar.
Los primeros kilómetros del viaje
fueron extraños, acompañados de la penumbra de la madrugada y la incomodidad de
las maletas y equipajes mal amarrados a las motos, esa sensación de frustración
por haber recorrido tan solo 20 Km e ir con dolores raros y de todo lo que
hacía falta por recorrer.
Parada a reacomodarnos y seguir
por la autopista vía Tunja, velocidad promedio de 70 Km/h con el frío de la
madrugada y de las montañas cundiboyacenses despunta el sol y empieza a
lloviznar, o a caer gotas del agua de las nubes que nos rodeaban, parada a
empacarnos dentro de los impermeables.
Bienvenidos a Boyacá, nos
detuvimos en Ventaquemada para desayunar, llevábamos unas 3 horas de viaje y
los efectos del frío y el agua empezaban a repercutir hasta en los huesos, un
paradero de carretera donde los caldos los sirven con el carbón dentro del
plato, justo eso era lo que necesitábamos.
Casualmente nos encontramos un
mapa del departamento de Boyacá en el lugar donde paramos a desayunar, y ahí
fue donde realmente empezamos a notar en la que nos habíamos metido, nos hacía
falta atravesar todo el departamento de sur a norte y sólo conocíamos hasta Duitama
la carretera, algo así como la mitad del trayecto.
Continuamos, llegamos hasta
Duitama con un recorrido bastante pasado por agua, los guantes empiezan a
desteñir. Después el panorama mejora, una carretera espectacular pasando por
pueblitos pequeños tan boyacenses que me hacen añorar aquella época campesina
de mi vida.
El clima ya era monótono, lluvia,
sol, lluvia, sol realmente no importaba mucho después de 5 horas de estar
aguantando lo mismo, observaba el paisaje montañoso de la región, con poco
tráfico y uno que otro lugareño en la vía, llamaron mi atención unos cultivos
grandes de pequeñas flores amarillas.
Se iban complicando las curvas
estrechas de la subida hacía el páramo, el asfalto mojado es demasiado
peligroso y de repente me vi más cerca del suelo de lo que debería y el golpe
contra el pavimento me aterrizó; literal.
La maleta sirve de lastre y se me
dificulta levantarme, solo atino a gatear para levantar la moto.
Afortunadamente no estamos solos. Mi novio me levantó, levantó mi moto y nos
ubicamos junto al guardarriel de la curva.
Pasaron unos vecinos: “Cuidado
que eso es peligroso” dos hombres en moto, con ruanas y sin casco se dirigen a
un cultivo cercano. Pasaron unos turistas en scooter y no sabíamos realmente
donde estábamos, veíamos relativamente cerca una capilla, pero me duele todo el
cuerpo, azotarse contra el suelo le demuestra a uno de que estamos hechos,
seres humanos de carne y hueso, débiles y frágiles.
Pensar en todo lo que hacía falta
por recorrer me hizo tomar fuerza para continuar, seguimos a un ritmo mucho
menor, no solo por el clima, mi cuerpo adolorido apenas podía responder a los
movimientos necesarios para seguir en la carretera.
Bajando del páramo el clima cálido de la región y el medio día reconfortan un poco. Bienvenidos al paraíso del dátil, Soata, el pueblo más grande de toda la región de geografía montaña árida y seca, paramos a almorzar y a extender toda nuestra ropa y equipaje sobre las motos. Se secó.
Vamos para el Cocuy y un letrero
de desviación anuncia que faltan más de 100Km, pero bueno, teniendo en cuenta
lo que llevamos de viaje, ya vamos a llegar.
La vía de Soata a Boavita es un cañón
precioso, sobre el río Chicamocha, un río que va bajando de esas montañas donde
nace, con fuerza e imponencia, para convertirse en ese gran río que ya
conocíamos entre San Gil y Bucaramanga, el mismo del gran cañón del Chicamocha.
Así mismo es la carretera, angosta donde sólo cabe un doble troque como el que iba frente a nosotros, con curvas muy cerradas y rodeado de cactus de donde supongo cultivan los dátiles.
No tengo demasiada pericia al
conducir, y por esta razón a veces necesito la ayuda del experto conductor que
es mi novio para que me ayude a sobrepasar en lugares complicados como ese, él
pasó adelante, sobre pasó el camión y empezamos a bajar a un mejor ritmo, con
la pauta marcada por él.
En una pequeña recta que
terminaba en curva hacía el precipicio del cañón, veo que a mi novio se le
bloqueó la llanta trasera de la moto, salé humo, controla la moto para no caer,
freno y me detengo como puedo, ¿qué pasó?. Se salió la cadena de la moto,
normal con un kit de arrastre ya desgastado, se trabó la cadena entre la tijera
y el plato, se rompió la cadena.
Ya habíamos avanzado suficiente
como para desistir, “hasta aquí llegó el paseo”, momento, para este tipo de
situaciones decidimos ir en dos motos, al pasar por Soata notamos que era lo
suficientemente grande como para tener tienda de repuestos de motos, un vecino
de la única casa cercana nos colaboró dejándonos resguardar del calor y de la
inclemencia de estar en el borde de la carretera varados.
Subo nuevamente por el cañón,
llego a Soata y en algún lugar debe haber taller de motos, en los pueblos hay
muchas motos que normalmente requieren repuestos, veo un grupo de mecánicos
sentados sobre el andén jugando a los dados. Buenas tardes señores, ¿saben
dónde puedo encontrar un taller o tienda de repuestos de motos?. Con las
indicaciones llegué a un almacén grande y si no encontraba la cadena ahí, hasta
ahí había llegado el paseo.
Logré conseguir el repuesto y
vuelvo a bajar por el cañón con un poco más de miedo que la primera vez, no
quería volver a caer y sola esta vez. Llegué y una jarra de limonada nos tenía
el vecino buena gente. Mi novio como buen experto motociclista ya tenía la moto
lista para montarle el repuesto y desvararnos para continuar con nuestro paseo
que en ese punto del día ya iba convertida en travesía.
Continuamos, subimos el cañón desde el otro costado y cada vez la carretera empeoraba, yo sólo me preguntaba cómo hacían los buses que viajaban desde Bogotá al Cocuy para no caer por la bancada muchas veces incompleta.
Siendo aproximadamente las 6 de
la tarde y habiendo subido al frío y bajado a clima templado varias veces en el
día ya me sentía bastante agotada, con la vía destapada el ritmo se reduce, los
huecos golpean el cuerpo. Vamos a parar a descansar en la siguiente población y
pasamos la noche. No se veía nada cercano.
Llegamos a un pueblito pequeño,
Guacamayas, en este país todas las cosas en un pueblo están en el marco de
plaza central, dimos la vuelta una pequeña tienda de comidas rápidas estaba
abierta, preguntamos a la gente un hotel, sí, había uno sólo en el pueblo y
hacía allá nos dirigimos.
Guardamos las motos en el hotel,
fuimos a comer en la misma tienda donde preguntamos por indicaciones, y
regresamos acostarnos en una cosa que no se moviera, ni vibrara, ni hiciera
ruido de motor.
Viernes, 8 a.m ya no había afán
de llegar, no sabíamos que tan lejos estábamos del Cocuy, pero ya habíamos
pasado por suficientes percances como para preocuparnos por el día de retraso
que ya llevaba nuestro viaje.
Un día nuevo, sin lluvia,
arrancamos y tras pasar por Panqueba que era el siguiente pueblo del camino
llegamos al Cocuy, si hubiéramos sabido que estábamos tan cerca hubiéramos
llegado la noche anterior. O tal vez, ni siquiera hubiéramos llegado.
Buscamos la oficina de parques
naturales para registrarnos para ir a la sierra, en el lugar nos dieron las
indicaciones pertinentes, aunque ya teníamos pensado dónde nos íbamos a quedar
y hasta dónde íbamos a ir lo confirmamos allá.
Tuvimos tiempo para almorzar,
descansar un poco y hasta conversar con la pareja de viajeros que pasaron en
scooter cuando estábamos botados en la curva en la que yo me caí. Nos
desconectamos de la civilización, hasta ese punto nuestros teléfonos tenían
utilidad para comunicarnos con los familiares, 20Km hacía arriba para llegar al
parque.
Del Cocuy hasta la entrada a la
sierra la carretera era un camino veredal al que le habían pasado la “cuchilla”
hacía poco, una vía destapada que estaba buena, buena para las motos todo
terreno que tienen los habitantes de la región, para nosotros, un riesgo.
En el último kilómetro de ese
recorrido pensaba en que no quería tocar el suelo una vez más, me dolía mi
pierna izquierda, pero iba bastante entretenida por mantenerme en pie con todo
y mi moto sobre el barrial de la carretera. Llegamos al parque natural nacional
sierra nevada del Cocuy, una cabañita de madera y una vara de madera en la
entrada nos anunciaba que efectivamente lo habíamos logrado.
La casa de los Herrera, el lugar
donde íbamos a acampar, era una casita de paredes de bareque, techo de paja,
pared de frailejón seco, techo de zinc, salió don Herrera a nuestro encuentro,
seguido por unos familiares aparentemente paisas que estaban de visita, ¿se van
a quedar acá? ¿Vienen desde Bogotá? ¡Muchos machos!. Me sentía en ese momento
llena de gloria y regocijo, ellos, acostumbrados a ver llegar gente de todas
partes del mundo nos estaban reconociendo el esfuerzo.
Las siguientes horas y días las pasamos caminando en esa sierra, bosques de frailejones, nacimientos de agua, y
mucha lluvia que no nos permitió llegar hasta la nieve.
Bueno, será en otra oportunidad. “Eso tienen que venir es en enero, para verano esto si es bonito, por esta época eso son unas nevazones terribles, ¿no ven como bajan esos ríos?”.
Bueno, será en otra oportunidad. “Eso tienen que venir es en enero, para verano esto si es bonito, por esta época eso son unas nevazones terribles, ¿no ven como bajan esos ríos?”.
Domingo en la mañana, vamos a
emprender el regreso, arreglamos nuevamente el equipaje, ya por lo menos
sabíamos dónde estábamos, que tan lejos quedaba Guacamayas, y la casa. Salimos
del parque, el viaje lo empezamos con la parte dura de barro y no caerse,
continuamos bajando por el destapado riesgoso donde tocaba tomar las curvas con
sumo cuidado, no quería volver a caer, iba delante revisando por los espejos que
mi novio siempre viniera detrás mio.
Una curva de cuidado, seguida de
otra curva de cuidado, volteo a mirar por el espejo, no veo a mi novio, reduzco
la velocidad, no lo veo, me detengo y al no ver que salga de las curvas me
devuelvo, me lo encuentro en el espacio “recto” entre las dos curvas
anteriores, venía con esa frustración en la cara que se nota. Se había caído.
No importa amor, tranquilo.
En seguida, el resto del trayecto
no difiere mucho a la dureza del viaje de ida, pies mojados, manos entumidas,
inclemencias del clima con los motociclistas. Pero lo logramos, más de 12 horas
de viaje y estamos en casa, nos quedan los golpes, el cansancio, las imágenes
del paisaje que conocimos y la esperanza de poder llegar una próxima vez hasta
la nieve, eso sí, el viaje lo hacemos en carro.

